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EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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el peixeXV

MÁS ADIOSES

A JOSÉ GONZÁLEZ GONZÁLEZ ( EL PEIXE )

 

Se nos ha ido el Peixe. Se fue cuando los ocres y sienas de sus cepas de Valdeorras en la ladeira do Sil se iban entregando a un cálido y obstinado viento sur, mientras los azucarados bagos terminaban de sacrificarse en mencías y godellos, y el aldabonazo de diciembre iba marcando ya un tiempo en que la melancolía por los ausentes desea aventar ciertas fechas de nuestros calendarios.

Yo pensaba visitarlo una vez más aprovechando un viaje a Santiago en este diciembre que ahora termina, y después de haber pasado con él una jornada que no olvidaré a finales de septiembre, cuando su gente hacía la vendimia. Allí compartí un cocido gallego con Peixe, con su hijo Pepe, con Hortensia y con los vendimiadores. Bebimos mencía hasta la inundación y terminamos con un licor café que me llevó a los cielos. Compartimos nostalgias de los setenta, recordamos a los que ya no estaban y también a los que estando no quieren estar; la foto en la ribera del embalse de la Rúa pintando una chalana con la que el Peixe armaría sus garlitos para los cangrejos de río; fondear la lancha de noche a cuarenta metros de la orilla después de dejar las trampas y lanzarse luego al agua hasta ganar el firme… ¿Qué fue de aquella costurera?, me preguntó. Aquella costurera llevaba demasiado plomo en las alas y nuestra relación no logró tomar vuelo…

Conocí a José González allá por el setenta cuando la empresa me envió a la central de Sobradelo que Saltos del Sil estaba construyendo cerca de o Barco. Rúa ( también por ese sobrenombre lo conocíamos ) estaba entonces, como yo, en Nervión, una empresa metalúrgica con sede en Bilbao.

La por entonces empresa eléctrica gallega construía temporalmente al lado de cada salto hidroeléctrico unos barracones con comedor de obra y alojamientos. Un comedor que utilizaban todos los trabajadores y un albergue para aquellos que como era mi caso no disponían de un domicilio familiar adonde regresar diariamente.

Me senté el primer día a comer con él y con otros en una mesa de seis adonde me había llevado Angel Velasco, que pasaba por ser una especie de conseguidor administrativo de Saltos del Sil. Bueno, lo hizo Ángel Velasco porque en realidad el personal directivo de Nervión era sólo la decoración imprescindible para unas relaciones contractuales que nosotros prestábamos en la modalidad de “por administración” a la empresa eléctrica: nuestros verdaderos mandos superiores eran los mandos y cuadros do Sil. Por eso os digo que fue Velasco quien me dijo ven que te acompaño al comedor. En aquella mesa estaba también Guijarro, un montador de AEG con el que llegaría yo a hacer muy buenas migas. Debí hacer una entrada más bien taciturna; poco más que las buenas tardes o el que aproveche que tanto se estilaba. La cosa fue bien en general. Era un sistema laboral distinto al que yo conocía, y los gallegos me lo pusieron siempre muy fácil, tanto, que terminé casándome con una de los suyos.

Terminó Sobradelo y allá nos fuimos, con la misma contrata y el mismo cliente al salto en los ríos Camba y Conso. Al principio de la obra, yo utilizaba el comedor pero pernoctaba en la Rúa. Los mismos compañeros de mesa aunque con más afinidades y más conversaciones. Éramos jóvenes, compré mi primer coche, un Simca 1200, y después de trasladarme a pernoctar en la residencia de obra, los fines de semana yo enfilaba hacia Orense, que aquello era la hostia.

Rúa ya estaba casado y tenía un hijo, el que hoy tiene. Allí, tras sacar la plaza correspondiente en Saltos del Sil, se hizo con la jefatura del taller eléctrico. De esa etapa, la que va desde el 71 hasta el 77, los años de Camba-Conso para mí, fue la forja de nuestra amistad, hasta que, ya en Iberduero los dos, nuestros caminos devinieron divergentes: él en Galicia y yo en el País Vasco.

Siempre voy a tener presente su temple, su respeto, su hablar baixiño y su retranca. De esa etapa, de él, son los refranes gallegos que repito casi a diario y que tan bien conoce mi hija: frente a la presuntuosidad y la petulancia tan en boga hoy, él siempre decía que sobre todo con las chicas te iba mucho mejor si les decías eu son pinche de ferreiro.

Un día, creo recordar que por los noventa me llamó por teléfono a las oficinas que Iberduero tenía entonces en la calle Gardoqui de Bilbao, por algún problema que tenía con Recursos Humanos. Traté de diligenciárselo, y aquel verano nos vimos en Orense y comimos juntos. Ya entonces andaba con cosas del vino en la cooperativa de la Rúa, y como era un tío listo allí trabajó en la selección de cepas y uvas que hasta entonces sólo conocía la diferencia grosera de “blancos” y “tintos”: de allí surgieron los mencías y sobre todo el godello que hoy adquiere ya rango de equiparación con los mejores blancos del mundo.

A primeros de noviembre lo llamé y me dijo estar en el hospital de o Barco con algún achaque: llámame más tarde que acaba de entrar la doctora. Lo llamé y prometí volver a hacerlo pasados quince días para confirmar que estaría recuperado y para anunciarle, como dije, esa visita de diciembre aprovechando mi viaje a Santiago…

Te fuiste muy pronto, amigo. Y los recuerdos son sólo una simple foto fija que ni siquiera adquiere color. Aun así, pasaré mientras pueda hacerlo esos fotogramas que jalonan la mejor etapa de mi vida.

Pepe, Peixe, Rúa,…, mereció la pena conocerte y tratarte.

NUESTRA LIBERTAD, LA DE TODOS LOS ESPAÑOLES

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LIBRES E IGUALES

ATENEO DE MADRID

22 de septiembre de 2015

 

A los votantes de Cataluña.
Por la responsabilidad civil

Si el 27 de septiembre el secesionismo catalán gana las elecciones, usted, votante en Cataluña, no podrá decir: yo no sabía.

Yo no sabía que las urnas habían respaldado la liquidación de los derechos de ciudadanía del conjunto de los españoles.

Yo no sabía que la intención de los vencedores era convertir a mi vecino, por decreto, en un extranjero.

Yo no sabía que la Unión Europea se negaría a aceptar entre sus miembros a un territorio surgido de una secesión unilateral.

Yo no sabía que la separación de España supondría la ruina económica para una generación de catalanes.

Yo no sabía que una declaración ilegal de independencia podía comportar la suspensión de la autonomía.

Durante demasiado tiempo la crítica pública al proyecto secesionista se ha limitado a la conducta de algunos partidos políticos y, singularmente, a la del gobierno de la Generalidad, con su presidente a la cabeza. Como si su conducta desleal e irresponsable fuera la única causa de la crisis.

Ese razonamiento esconde una consideración disminuida del ciudadano, propia de un pensamiento totalitario. En un Estado democrático los responsables de las decisiones políticas son los ciudadanos. Ellos son los que eligen y disponen.

Absolverlos de su responsabilidad; justificar su actitud como resultado de la ignorancia o la manipulación; o rendirse a sus errores porque están dictados por sentimientos supuestamente positivos. Todo eso degrada al ciudadano a la condición de súbdito y reforma furtivamente la primera decisión constitucional.

En Cataluña, una parte de los ciudadanos ha seguido las consignas narcisistas y antidemocráticas del secesionismo. Su irresponsabilidad es una amenaza a la libertad, a la igualdad, al bienestar y a la seguridad de todos los españoles.

Estos ciudadanos deben saber a lo que se enfrentan y cuáles van a ser las consecuencias inexorables.

Y también deben saberlo esa mayoría de ciudadanos que contemplan cada etapa del proceso insurreccional con un estupor paralizado o con una indiferencia cívica constatable.

El apoyo a la independencia es minoritario en Cataluña. Sería inconcebible que, no siendo mayoría los independentistas por activa, lo acabaran siendo por pasiva.

De ahí la necesidad de que el rechazo social a la independencia se traduzca en un nítido rechazo electoral.

No hay punto medio entre la democracia y el totalitarismo. Y, en consecuencia, no hay abstención éticamente justificable.

Cuando el Estado de derecho se enfrenta a una agresión ideada y ejecutada desde las instituciones, la abstención de los ciudadanos supone la sumisión a la ilegalidad, cuando no su apoyo implícito.

El yo no sabía del abstencionista es la peor versión de la
irresponsabilidad.

Libres e Iguales pide a los ciudadanos de Cataluña que no voten como lo que no son: paisanos de una comarca ficticia que deciden frívola y mágicamente sobre cualquier asunto.
Y que, por el contrario, voten como lo que sí son: ciudadanos de una comunidad con influencia decisiva en un Estado de derecho real.

Los responsables finales de la involución que sufre Cataluña son los votantes. A ellos les toca frenarla.

Esta noche, a cinco días de la elección, Libres e Iguales pide a los catalanes que voten como ciudadanos que saben y contestan.

En Madrid, a 22 de septiembre de 2015

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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(XIV)

HOJAS MUERTAS

En unos días se han ido de este mundo dos personas cercanas. Una, hace casi nada, cuando en el recuerdo próximo estaban todavía los ecos de una comida compartida. Él ya estaba enfermo aunque la devastación de eso que hemos dado en llamar “una cruel enfermedad” no se había manifestado aun externamente. Pero se delataba en la luz de su mirada que la inflexión se había iniciado ya. El reforzamiento de un estado de ánimo que le lleve a la incredulidad ante lo irremediable fuerza con frecuencia al hombre gravemente enfermo a planificar  algún viaje súbito, o a adquirir cosas que ilusoriamente le permitan seguir en lo ordinario de su vida. Fue el caso. Tuvo que regresar de un largo viaje cuando le llegaron síntomas que delataban un sombrío y próximo panorama.

El otro se fue el año pasado, aunque yo no me enteré hasta hace unos días en que su esquela mortuoria me sacudió como un latigazo en Internet. Habíamos trabajado juntos tiempo atrás, mucho tiempo atrás, en aquel ensayo revolucionario y terrorista en que ETA convirtió la Central Nuclear de Lemóniz. No estábamos en contacto, aunque los niveles de certeza que ayudan a hacer llevable nuestra vida permitían asegurar que seguía sin novedad.

Quien desaparece deja sus últimas palabras aleteando sin continuidad, y a  los que quedan, con las carencias no sólo de  lo que hoy podría decir sino de lo que nunca llegará a pronunciar. Inútil elusión a su rumbo, la muerte llega tras haber avisado casi siempre de su venida cumpliendo con ese tétrico ritual que Epicuro define en el pensamiento magistral por nadie superado: su llegada, cuando ya nosotros no estamos, y mientras somos, ella no esté.

Incapaces de pensar en la propia, la vemos llegar claramente asomándose al semblante de los otros cuando la enfermedad empieza a dibujar en ellos el trazo de lo irremediable. Como en un suspiro, pasas de la salud a la enfermedad y de ésta a la muerte. Ves hoy a la persona en la calle con normalidad y mañana le descubres el deterioro que anuncia un final próximo. Pasado, ya no está. Y es que hay algo en el semblante de quien se está yendo. La enfermedad sale a la luz haciendo transparente la envoltura, y en la mirada se delata el corto recorrido hacia el abismo tan bien descrito en los versos de Quevedo:

“¡Fue sueño ayer: mañana será tierra!

¡Poco antes, nada; y poco después, humo!

¡Y destino ambiciones, y presumo,

apenas punto al cerco que me cierra!

 

Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa, soy peligro sumo;

y mientras con mis armas me consumo,

menos me hospeda el cuerpo, que me entierra[…]”

 

La persistencia de la especie humana en seguir en el mundo debe guardar relación con el desarrollo de su más fuerte instinto: el de procrear, que tiene su cenit en ese período de nuestra vida tan ilusorio como efímero y tan prometedor como estúpido: La etapa del vigor y la eternidad. La etapa de seguir trayendo  inútilmente a la vida a seres que  nunca serán felices al saberse mortales y reos del sufrimiento final. Curiosa paradoja ésta de dar vida a la muerte. Un nacer para la muerte, tratando inútilmente de eludirla. Aventarla de nosotros como quien lanza un bumerán. Teognis de Mégara expresa el sentido del sinsentido:

“De todas las cosas, la mejor no haber nacido

Ni ver como humano los rayos fugaces del sol,

Y una vez nacido cruzar cuanto antes las puertas del Hades,

Y yacer bajo una espesa capa de tierra tumbado.”

 

EN UN BOSQUECILLO DE ABEDULES

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( XIII )

ATRÁS

Los sesenta nos llevaron a tantos a servir en la Armada. Hubo un cuartel de instrucción de marinería en la rada de Ferrol; los sollados bajo cubierta, el olor a calcetines, la disciplina y el sinsentido de aquella vida. Pero éramos muy jóvenes. Como decía alguien, no sentíamos el cuerpo, no había enfermedad, la lejanía de la muerte nos hacía eternos.

El crucero Canarias nos acogió con lo que pudo, que no fue mucho. Entre sus coys, su comida fría y sus ratas, la cosa daba para bien poco. Las guardias, los baldeos y una rigidez espartana. Mis veintiuno rompían la vida como la proa de aquel crucero rompía las olas, y las putas de la calle de San Pedro te iniciaban en los fugaces placeres de la entrepierna en la sordidez de una habitación sin vida.

Pensábamos en nada, ni siquiera en sentir. Algunos o muchos, con nuestros lazos afectivos casi yéndose por la borda, queríamos dibujar débiles trazos en nuestro intelecto proyectados únicamente por un televisor en blanco y negro que nos recreaba en la chaza de torpedos los fines de semana cuando, sin tener un duro, pasabas a bordo aquellos días con la lentitud del tiempo de entonces.

Marisol y los Pekenikes, entre otros, jalonaron los momentos para la evocación posterior, la de ahora, cuando duele tanto el cuerpo al que la edad nos obliga a estar auscultando continuamente.

Aún hoy, y con la sacralización retrospectiva que nos proporciona el trazado de esa primera juventud, aquella música instrumental recrea unas emociones a medias entre el placer y la melancolía, cuando ya la vida se va cerrando como la estela del agua se cerraba en la popa del Canarias y el pasado se agiganta porque es casi lo único que te queda.

Seguid bien.

 

LA LEY Y EL TERROR

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Querido José Luis:

En el transcurso de aquella comida que compartimos días antes de la última Navidad hiciste una referencia un tanto ácida sobre el nuevo  Proyecto de Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana que aprobó el pleno del Congreso de los Diputados el pasado 22 de diciembre. No me gusta discutir sobre lo que desconozco, y yo desconocía el texto de esa Ley. Por eso te emplacé a un encuentro posterior en el que tendríamos ocasión de intercambiar puntos de vista sobre el asunto, una vez que hubiere tenido delante el dichoso texto y pudiese al menos hojearlo.

Hecha la lectura, y respetando por supuesto tu punto de vista, no encuentro en el texto nada que fuera a provocar aquella alarma a la que aludías de que “si mirabas a un policía de determinada manera podías ser detenido”. Ni eso ni otra cosa que yo entienda que pueda mermar mis libertades en la calle o en la intimidad.

Quizá sea debido a que yo llevo ya treinta y siete años viviendo en una parte de España donde casi sistemáticamente se ha venido incumpliendo la Ley de Seguridad, la Ley con mayúscula.

Una parte de España, mal que pese a muchos, donde casi nunca la Policía estuvo en la calle; y sí criminales que mataban a quienes no estaban de acuerdo con ellos en sus planteamientos ideológicos e identitarios. Donde no se ha podido hablar libremente porque te podían señalar o pegarte un tiro. Donde a rebufo del terror o más bien en el terror mismo, brigadas de la porra, del cóctel Molotov, de las barricadas y del hostigamiento, camparon quasi libremente ejerciendo una coerción tantas veces amparada por quienes a su vez trataron de hurtarle la capacidad represora de los desmanes a quien ostenta legítimamente el monopolio de la violencia, el Estado y sus Fuerzas de Seguridad. Estos círculos totalitarios hostigaron y amedrentaron a toda una sociedad que devino cómplice en el ejercicio de una violencia nacida en su seno. Una sociedad envilecida y doblegada a ejercer además como gendarme de la pureza de un terrorismo nacionalista que aún hoy se mantiene como presión fáctica.

Para quienes tuvieron que mirar bajo el coche cada día durante tantos años, ante el silencio cómplice de unas gentes cobardes, el que se trate de embridar por una vez la ocupación del espacio público es algo normal. Resulta hasta deseable. Prefiero que ocupe la calle la Policía  que no ciertos encuadramientos que han venido operando impunemente durante tanto tiempo. Así que lo que ahora venga, si a alguien perjudica es a los que tomaron la calle y el orden de nuestras  vidas por imperativo de un terror étnico, ideológico y totalitario. No a mí.

 

POR LA PAZ CIVIL. SÍ ME IMPORTA

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Texto de Cayetana Álvarez de Toledo leído el 11 de septiembre en el Círculo de Bellas Artes

A esta hora, en las calles de Barcelona, miles de personas están conmemorando una guerra civil. Es un raro ejercicio. Su intención no es que el recuerdo sirva a la razón y a la convivencia. Su intención es que la herida permanezca.

Hace trescientos años, en el asedio de Barcelona, murieron cerca de veinte mil personas. Ingleses y franceses en el lado borbónico; alemanes y holandeses en el lado austracista… Pero, sobre todo, murieron españoles. Españoles que luchaban en un bando y en otro.

Murieron atacando o defendiendo la montaña de Montjuic. También por las calles de la ciudad amurallada. Bajo una lluvia de bombas. Cuerpo a cuerpo, español contra español.

El 11 de septiembre empezó a celebrarse a principios del siglo XX. Aunque la conversión de la matanza en fiesta nacional data de la primera ley aprobada en 1980 por el parlamento catalán.

No fue una decisión que el entonces presidente Pujol tomara en solitario. Lo apoyaron todos los grupos parlamentarios. Y no hubo un gran debate ciudadano.

Algunas personas propusieron, con cierta timidez, la alternativa de San Jorge.

El Sant Jordi catalán añade a su origen religioso un amable carácter civil basado en la costumbre, reciente aunque cuajada, del libro y de la rosa. Pero nunca llegó a considerarse con seriedad. Se prefirió la evocación de un episodio sangriento a una pacífica consagración de la primavera.

El reproche más extendido que se hizo entonces al once de septiembre tuvo un carácter irónico. ¿Cómo era posible que una comunidad política decidiera celebrar su presunta desaparición? ¿Cómo era posible que prefiriera «la desesperación a la esperanza», por utilizar las palabras de Henry Kamen?

Celebraban, celebran, la herida. Una herida entre españoles. Su intención era, y es, que la herida permanezca. Ellos lo proclamaron, sin embargo, el día en que Cataluña se rindió ante España y perdió su libertad.

A partir del primer gobierno nacionalista, el mito del once de septiembre de 1714 adquiría solemne formalidad institucional. Pero aunque el mito se vista de decreto, mito se queda.

Sólo desde la ignorancia o el fanatismo puede presentarse la Guerra de Sucesión como una guerra de España contra Cataluña.

La Guerra de Sucesión fue una guerra dinástica. Una guerra internacional. Y una guerra civil. Una guerra civil entre españoles y una guerra civil entre catalanes.

La guerra se libró a lo largo y ancho de España: de Extremadura a Mallorca; de Sevilla a Vigo; de Cádiz a Navarra. Y, por supuesto, en Cataluña, Aragón y Castilla; en Barcelona, Zaragoza y Madrid.

La guerra abrió trincheras entre los distintos reinos de la antigua Monarquía. Sí. Pero también las abrió en el interior de cada territorio. Hubo partidarios de Carlos en Castilla y defensores de Felipe en Cataluña. Austracistas en un sitio y en otro. Borbónicos aquí y allá.

No hubo un candidato catalán y otro español. No hubo un ejército catalán y otro español. Los dos lucharon en nombre del Rey de España. Los dos celebraron sus victorias como victorias para España. Y los dos lloraron sus derrotas como derrotas para España.

Unas siete mil personas abandonaron Barcelona cuando fue tomada por las tropas del Archiduque en 1705. La ciudad tenía entonces treinta y cinco mil habitantes: los borbónicos no eran una minoría residual.

Hay algunas preguntas que hacerse:

El último almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera y Ponce de León, ¿era menos castellano o un mal castellano por apoyar al archiduque Carlos? Las ciudades de Cervera, Berga, Ripoll o Manlleu; el valle de Arán, ¿eran menos catalanas que otras ciudades o comarcas de Cataluña por defender a Felipe V? ¿O es que incurrían ciega y colectivamente en el autoodio, esa patología inventada por el nacionalismo para decretar la muerte civil del discrepante?

¿Y quiénes eran más catalanes, de una catalanidad más depurada? ¿La nobleza urbana y la burguesía ilustrada, que ensalzaban las reformas introducidas por los Borbones en Francia? ¿O la aristocracia rural, el clero y los comerciantes y artesanos, que las rechazaban por amenazar sus privilegios?

No hubo una Cataluña buena y otra malvada. No hubo una sola Cataluña. Hubo tantas como sus ciudades, tantas como sus facciones políticas, económicas y sociales. Tantas como sus habitantes. Tantas. Como ahora.

Esas Cataluñas fluctuaron con el tiempo y por la fuerza de los acontecimientos. Ciudades como Tarragona, Lérida y Gerona cambiaron de bando varias veces. Barcelona sólo cambió una vez, pero con consecuencias trágicas.

A unos pasos del antiguo mercado del Borne, hoy convertido en monumento a los mitos de 1714, se levanta una marquesina que parece haber escapado a la manipulación nacionalista. Es la última arenga del general Antonio de Villarroel a los hombres que defienden Barcelona del asedio. Dice así:
«Señores, hijos y hermanos: hoy es el día en que se han de acordar del valor y gloriosas acciones que en todos tiempos ha ejecutado nuestra nación. No diga la malicia o la envidia que no somos dignos de ser catalanes e hijos legítimos de nuestros mayores. Por nosotros y por la nación española peleamos. Hoy es el día de morir o vencer.»

El 11 de septiembre de 1714, a las 3 de la tarde, Rafael de Casanova firma el último bando austracista. La ciudad caerá al día siguiente, poco después del mediodía. Casanova pide a los barceloneses que derramen hasta la última gota de sangre.

«Se confía, con todo, que como verdaderos hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España».

«La libertad de toda España». Por eso decían luchar los unos en 1714. Por eso mismo decían luchar los otros. Tenían convicciones diferentes. Discrepaban en sus intereses. Pero les unía la coincidencia fundamental de España. Y les unió la derrota. La Guerra de Sucesión fue un dramático episodio para España. Perdió territorios, influencia, tiempo y vidas.

No hubo en 1714 dos sujetos políticos ni dos identidades enfrentadas: Cataluña y España. Tampoco las hubo en 1936. Tampoco las hay ahora. Esta es la verdad que el nacionalismo ha borrado del pasado para que no arruine su presente. El nacionalismo precisa hacer de Cataluña una sociedad unánime, impermeable al pluralismo, identitariamente pura y abocada al enfrentamiento con España. Su empeño es firme. Pero estéril.

A esta hora miles de personas conmemoran en Barcelona una guerra civil.
Libres e Iguales repudia que el 11 de septiembre sea la fiesta nacional de Cataluña. La celebración supone una afrenta histórica y ética, por más que esté sólidamente institucionalizada.
El 11 de septiembre solo tiene un sentido acorde con la verdad: fue el día triste y resignado de recoger los cadáveres de los hermanos. El inicio del duelo. También el de la represión inexorable.

Catalanes contra catalanes, españoles contra españoles, ese es el paisaje de 1714 y de todas las guerras que vinieron luego.

En ninguna de ellas se ha dado el hecho turbia y desdichadamente fantaseado por el nacionalismo: una guerra donde un ejército de españoles luchara contra un ejército de catalanes: unos por anexionarse Cataluña y otros por ejercer su absoluta soberanía. Justo ese momento que expresa el himno nacional de Cataluña, Els Segadors, un himno falsamente tradicional, que se inventó a fines del siglo XIX, y donde el cuello de esa gente «tan ufana y tan soberbia» de Castilla es rebanado por las hoces catalanas.
También en este caso había un alternativa emocionante, arraigada y desdeñada: El Cant de la Senyera, de Juan Maragall y Luis Millet.

Catalanes y españoles nunca han peleado por ser lo que son, llevados por un odio xenófobo. En los enfrentamientos españoles, ciudadanos catalanes y ciudadanos castellanos, vascos, han podido matarse por la religión, por los tributos, por la libertad, por el fascismo o por el comunismo.

Los españoles han luchado, y a veces con ferocidad y contumacia, para seguir siendo españoles. Es verdad que para seguir siéndolo a su manera. Y es verdad que esa manera podía ser moralmente muy distante. Pero jamás se mataron para dejar de ser españoles.

Los hechos son irrevocables: en más de quinientos años de historia compartida jamás hubo una guerra de secesión española.
El poeta Jaime Gil de Biedma escribió: «De todas las historias de la Historia/ la más triste sin duda es la de España/ porque termina mal.»

Sus versos han reafirmado a quienes cultivan la resignación: esa visión limitada, rudimentaria, de una España diferente, binaria, crispada, empeñada en su propia destrucción.

Pero esta no es la visión de la historia. Ni siquiera el sentido del poema.

Gil de Biedma escribe contra la metafísica de la derrota que sirve a los intereses particulares y a la irresponsabilidad general. Habla de una «historia distinta y menos simple». Una historia sin demonios cuyos dueños sean los hombres responsables. Los ciudadanos. Esa es también la historia de España. La gran historia de las reconciliaciones españolas. La historia que acaba bien.

Contemos la historia de España como una suma de puntos de luz, de concordia, de cordialidad, de reconciliación.

1412. La capacidad de compromiso que demuestran los representantes de la Corona de Aragón cuando en Caspe eligen a un castellano, Fernando de Antequera, como sucesor.

1725. La paz de Viena que firman Felipe V y Carlos VI, con su garantía de que «habrá por una y otra parte perpetuo olvido». Perpetuo olvido de los horrores cometidos por ambos bandos. Perpetuo olvido para regresar los combatientes libremente a su patria. Perpetuo olvido para gozar de sus bienes y dignidades «como si absolutamente no hubiese intervenido tal guerra».

1812. El pacto fundacional por el que España se integra en la modernidad política: la Constitución de Cádiz, por y para los españoles de ambos hemisferios. Para que sean ellos por primera vez los dueños de la nación y de su historia: titulares de la soberanía, libres, independientes y nunca más «patrimonio de una familia o persona.»

1839. El abrazo difícil y fraterno que en Vergara pone fin a la primera gran guerra entre liberales y carlistas.

1938. El discurso conmovedor que pronuncia Manuel Azaña en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. Este impresionante discurso de la reconciliación que entonces no fue.

· En el que aclara que «España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego; donde haya un español o un puñado de españoles que se angustian pensando en la salvación del país, ahí hay un ánimo y una voluntad que entran en cuenta».

· En el que advierte que no es aceptable ni posible «una política cuyo propósito sea el exterminio del adversario» porque siempre quedarán españoles que quieran seguir viviendo juntos.

· En el que anticipa que la reconstrucción de España «tendrá que ser obra de la colmena española en su conjunto» y la paz, «una paz española y una paz nacional, una paz de hombres libres (…) para hombres libres.»

· Y en el que sentencia que «es obligación moral, sobre todo de los que padecen la guerra (…) sacar de la lección y de la musa del escarmiento el mayor bien posible. Y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdón».

1956. La Declaración, llena de grandeza y de sentido de la historia, en la que el Partido Comunista de España denuncia por primera vez la «artificiosa división de los españoles entre rojos y nacionales».

. En la que pide «enterrar los odios y rencores de la guerra civil».

. En la que llama a todos los españoles «desde los monárquicos, democristianos y liberales, hasta los republicanos, nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, centristas y socialistas, a proclamar, como un objetivo común a todos, impostergable y posible, la reconciliación nacional».
1978. El éxito colectivo incontestable: la Transición.

Entonces los españoles asombraron al mundo por su capacidad para reconciliarse con su pasado y consigo mismos.

En las calles de Barcelona se celebra una guerra civil, pero hoy, aquí, Libres e Iguales quiere conmemorar, quiere reivindicar la España cierta, lúcida, arraigada de la reconciliación.

El ser de España ha dado lugar a múltiples cavilaciones. Han participado filósofos, escritores, poetas, y hasta entrenadores de fútbol. Pero echando una ojeada a la producción intelectual es fácil convenir un exceso metafísico. España es, sencillamente, una vinculación. España es una convivencia. Un himno sin letra. Un link.

No hay más ni menos España en Covadonga que en la ciudad de Cádiz; en el Finisterre que en Cartagena; en Melilla que en Olot. Ni el Apóstol Santiago ni el Tío Pepe, jerez fino, contienen la españolidad en un grado mayor o menor que la prosa escéptica de José Pla. O que esta música de la Iberia universal que hemos escuchado.

El hecho diferencial español es más sencillo y sus palabras claves no son enfáticas. España no es, ni siquiera, contrariando a la España hidalga, una cuestión de honor. España es una voluntad, y ciertamente empecinada, de vivir juntos los distintos. Y lo fue desde el primer día.

La unión entre Aragón y Castilla no fue la mera absorción de un reino por el otro. Fue la primera piedra de una compleja arquitectura solidaria que ha durado siglos.

Y hoy todas las culturas españolas se exhiben y se proyectan con una potencia que jamás conocieron. De ahí que el proyecto nacionalista no pueda evitar su identificación con la xenofobia. Porque en el fondo de todas las argumentaciones para la secesión hay una pasión sórdida, que no se dice: la del que no quiere vivir con los demás.

Cíclicamente los nacionalistas aluden, en modo defensa y ataque, al nacionalismo español. Pero ¿qué nacionalismo es ese, qué insólito nacionalismo el que aún no ha pronunciado una sola palabra de exclusión, de rechazo, contra sus compatriotas? ¿Qué extraño nacionalismo el que en vez de fábricas de extranjería insiste en la casa común española?

Solo hay un nacionalismo español: el que fija, con sus equívocos, con sus torsiones en pos del pacto, con sus jorobas retóricas pero con su emocionante voluntad de integración, la Constitución española de 1978.

La Constitución de 1978 es la paz civil española.

No hay convivencia posible fuera de los principios que permiten la integración de izquierdas, derechas, creyentes, ateos, monárquicos, republicanos, castellanos, catalanes…
La Constitución consagra a los ciudadanos como titulares de la soberanía. Asegura la libertad y el ejercicio de los derechos. Afirma la igualdad ante la ley. Protege el pluralismo lingüístico. Integra las diferencias.

Y al hacer todo esto garantiza la convivencia. «Diferir incluso de la diferencia en cada grupo diferenciado», como ha escrito Fernando Savater.

La Constitución de 1978 es la paz civil española.

Si el nacionalismo arremete contra la Constitución es porque la Constitución garantiza la convivencia de los distintos. Porque les reconcilia, les acerca y les suma.

Si el nacionalismo celebra hoy una guerra civil española es porque reniega de los principios que hacen posible la paz civil española.

España no merece ser defendida por ser una de las más antiguas naciones del mundo. La antigüedad no es un valor moral. Ni jurídico ni político.

España merece defenderse porque desde 1978 significa libres, significa iguales y significa juntos los distintos.

En el proyecto nacionalista la parte cede al todo, pero nunca el todo cede a la parte. El proyecto nacionalista persigue siempre el encuadramiento. A esta hora en las calles de Barcelona desfilan las masas perfectamente encuadradas en una uve.

Victoria, dicen. Vergüenza, decimos.
Para desdicha de sus odiadores nacionalistas España no es una voluntad anacrónica. Todo lo contrario: encaja con lo mejor del proyecto moderno.

Borja Mariño. PianoLa obstinada voluntad española de vivir juntos los distintos es moderna y políticamente próspera. Y profundamente europea. La idea de la construcción europea se funda sobre el rechazo de algo que le costó a Europa 80 millones de muertos. La idea de que a cada cultura, ¡que es como decir a cada hombre!, debe corresponderle un Estado.

España es Europa, desde luego. Lo es por su sistema de ciudades, por sus catedrales, por su geografía. Pero lo es, sobre todo, porque ha integrado en un mismo Estado a los distintos.

Por eso hay que lamentar la respuesta general que Europa ha dado al segregacionismo. Es difícil comprender que, ante el reto nacionalista, Europa se haya acogido a la retórica del asunto interno.

Asunto interno es una frase peligrosa dicha desde Europa. El que Europa considere el conflicto nacionalista como un asunto interno español supone algo más que un menosprecio a un Estado miembro: supone una traición al propio proyecto europeo. Y decretada por Europa.

Nunca la destrucción de un Estado europeo puede ser un asunto exclusivamente catalán o español. La moral de Europa es, justamente, contraria al asunto interno. Europa es Schengen, desde luego. La libre circulación de las personas. Pero ante todo es el fin de las aduanas morales.

Los nacionalistas han considerado siempre que los catalanes eran los únicos que podían discutir y decidir sobre la independencia. ¡Su asunto interno!

Ha sido su primer acto de soberanía. Y hasta ahora exitoso. De ese éxito arranca su grotesco monopolio de la palabra libertad y de la palabra democracia.

Los nacionalistas exigen su derecho a decidir a sabiendas de que ese supuesto derecho niega el derecho a decidir de todos los españoles.

La deGrupo Santiagomocracia que conciben es el gobierno de la minoría.
La libertad que reclaman es la que niegan.
Sin embargo, han logrado extender la idea de que es justo que los catalanes decidan sobre la suerte de todos los españoles. Y lo más sorprendente es que la idea haya calado entre algunos españoles que no son catalanes.

Hay españoles cuya relación con la libertad y con la democracia es compleja. Es decir, acomplejada. Quizá sea en parte resultado de una convivencia demasiado estrecha y prolongada con la dictadura. Y en los más jóvenes, la evidencia de una inaudita culpa heredada. Porque en esta actitud ante el nacionalismo hay resignación, cansancio y acrítica obediencia a la corrección política. Y todos esos rasgos son propios de una ciudadanía vacilante y sometida.

De ahí que esta tarde Libres e Iguales lance desde la capital de España una afirmación que es tanto una advertencia como un grito solidario:

Sí me importa.

Una advertencia a los nacionalistas de que no van a seguir encontrando como aliada la indiferencia española. Y un grito solidario dirigido al gran número de ciudadanos que bajo la presión, como mínimo moral, del nacionalismo están defendiendo en Cataluña la libertad y la igualdad de todos los españoles.

Sí me importa. Si nos importan.

Sí me importa que España supiera salir de una dictadura cruel sin una nueva guerra civil.

Sí me importan la victoria de la democracia sobre el terrorismo nacionalista, y la memoria y la justicia y la dignidad de las víctimas.

Sí me importa que España haya protagonizado la modernización más espectacular del último medio siglo europeo.

Sí me importa que por primera vez en su historia España no forme parte de Europa, sino que sea Europa.

Sí me importa que haya una lengua en la que puedan entenderse todos los españoles.

Sí me importa que las lenguas y culturas españolas ya no sean patrimonio de los nacionalistas sino de todos los ciudadanos.

Sí me importaPúblico aplaudiendo la elemental lógica democrática y solidaria que indica que son las personas y no los territorios los que pagan impuestos.

Sí me importa que la trama de afectos española sea respetada y protegida.

Sí me importa que el secesionismo sea derrotado. Y que después se impongan las cláusulas de los viejos pactos españoles.

Sí me importa la ley.

Sí me importa que preservemos nuestra mayor conquista: la paz civil española.
España es un problema, sí. España es el inevitable problema del que elige la pluralidad y la complejidad. España, una nación vieja, no puede someterse a las nuevas mentiras nacionalistas. Ella también se contó sus mentiras. Pero fue hace mucho tiempo.

Sí, España es un problema. Un problema excitante.

España es un proyecto inacabado. Es decir, vivo.

España es una pequeña Europa y su futuro será el futuro de Europa.

Sí me importa.

Este gran reto de la modernidad.
Juntos y distintos. Libres e iguales.

Madrid, 11 de septiembre de 2014

NACIÓN

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padres-constitucion-dentro

 

Nada nuevo se ve en la reciente sentencia del TC sobre el caso catalán que no esté diáfanamente expresado en el propio texto constitucional. Bueno, quizá una única cosa: La necesidad de tener que probar cada día lo evidente ante el españolío. Nada tan difícil, cuando la idea que el personal tiene de las cosas se impone a la propia realidad de las mismas, y hasta incluso a la tozudez de las propias leyes. Los españoles jamás se han creído que sean desde la Transición el sujeto constituyente de Soberanía que les reconoce la Constitución del 78. Es más, si no lo habían hecho expresamente con anterioridad, tras los atentados del 11-M renunciaron de forma timorata a tal soberanía apresurándose a culpar de aquella ignominia al Gobierno de la Nación para terminar entregando su voto al primer incompetente que por allí pasaba. Por ello, esta sentencia del TC que viene simplemente a recordar ese precepto que consagra el artículo 1.2 del Título Preliminar, es un vano intento de repetirles a los españoles algo en lo que no creen. Por ello, en Juan Español, tan enredado siempre en discusiones menores de taberna, no ha habido sorpresa. El tema no va con él. La ignorancia es flor de idiocia, y el fruto, ese adanismo que cada día se cuela con la farfolla de los gárrulos. Es el declinar de una sociedad sin futuro: la española.

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